
|
Combustión Espontánea
Humana
Desde
hace siglos se ha otorgado a los casos de combustión
espontánea humana un carácter paranormal,
basándose en la idea del castigo divino contenida
en el libro de Job (libro bíblico del Antiguo
Testamento). Con este término se describen los
procesos de incineración de personas vivas sin
una aparente fuente externa de ignición. Durante
los siglos XVIII y XIX, este fenómeno tuvo una
gran popularidad, en parte debido a las novelas de Charles
Dickens, que sentía una gran atracción
|
La
mayor parte de los sucesos se caracterizan por un la
incineración no uniforme. Mientras que el tronco
queda calcinado casi en su totalidad, convertido en
cenizas, las extremidades permanecen intactas. Además,
el fuego suele localizarse en el cuerpo de la víctima,
permaneciendo las zonas circundantes casi inalteradas,
a excepción de una capa de hollín grasiento
que recubre el entorno. A su vez, todos los casos ocurren
en el interior de edificios y las victimas sufren problemas
de movilidad o incapacidad.
En
1965, el doctor D. J. Gee propuso el efecto vela como
explicación racional a este extraño proceso.
Como consecuencia de una ignición externa prolongada,
y bajo unas determinadas condiciones externas, el fuego
quema la piel, derritiéndose la grasa corporal.
Esta grasa es absorbida por la ropa, actuando como la
mecha de una vela, lo que permite alimentar el fuego
de forma constante durante horas. La grasa humana arde
a 215 °C aunque, si está impregnada en una
mecha, puede hacerlo a una temperatura menor. Aunque
se requieren temperaturas superiores a 1.700 °C
para pulverizar el hueso humano, esta temperatura es
suficiente si se mantiene durante un cierto tiempo.
|